Me considero a mí mismo algo tonto. No tonto hasta ese punto autodestructivo en el que uno solo se pone trabas. No. Más bien un tonto común, de esos que no pueden estar serios en según qué momentos. De los que cometen mil veces el mismo error. Y volverián a cometerlo. Y aun sabiendo que volverán a cagarla, harían todo igual. Con el mismo resultado.
Muchos, seguramente para hacer menor la carga, dirán que es lo normal, que quién no es un poco tonto a veces. No lo se. Yo sé que yo lo soy.
Hoy, esta noche, escribo sabiéndome tonto. Habiendo caído por enésima vez en un lugar común demasiado conocido y precisamente eso, demasiado común. Nada podía fallar esta vez. Sabía jugar, lo había hecho bien, había sabido ser el trilero que siempre repudié, saber esconder los sentimientos a la hora de echar pequeños órdagos con los que hacerme con los continentes del Risk.
Quiero pensar que el oponente no era bueno y que, de seguir en la partida, me haría más daño todavía. Una buena amiga me dijo que si veía el futuro con ella, ese nuevo jugador de una partida que rara vez manejé. No le contesté, pero la verdad es que ya no veía ningún futuro. De esto que te imaginas situaciones y ves que no. Que no encaja. Pero te jode y tirás. Y quizás te pongas un poco la venda, porque darse la hostia es jodido. Muy jodido. Saberse tonto es una hostia desde un quinto.
Simplemente abro este espacio para mí. Sin compartir. Sin censurar. Sin ti.
Para coger ese impulso necesario en olvidarte. No quería compartirte y eres de todos. Mal jugado. O bien. El tiempo dirá.
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